“Por nosotros y por nuestra salvación, nacido en los últimos tiempos de la Virgen María, la Madre de Dios, según la humanidad.” 

-Definición Concilio de Calcedonia 

Conviene aquí hablar con la mayor precisión cristológica que la Iglesia ha aprendido a labrar a golpes de concilio y sangre de confesores, para que ninguno tropiece donde no hay tropiezo ni sospeche herejía donde no la hay. Y digo esto en vía de concesión caritativa, no de concesión doctrinal, para con aquellos que, ignorando los artilugios técnicos del siglo quinto, se escandalizan al oír ciertas fórmulas sin entender su intención ni su alcance y tratando de verse sabios, tropiezan con la herejía, la cual no es cosa menor y a la cual debemos temer si queremos ir por el camino recto. 

Bien, dicho todo esto, ha de afirmarse con toda claridad y sin titubeo alguno que la Iglesia, considerada en su conjunto y guiada por el Espíritu de verdad, ha reconocido desde antiguo, por honra del Hijo y en defensa de su excelsa naturaleza, que Jesucristo es verdadero hombre y verdadero Dios, sin confusión ni división. (Vera Homo, Vera Deus) Y por esta misma causa se vio precisada a definir el lugar de María no como fuente de divinidad ni como principio de salvación, sino como madre verdadera de la Persona, esto es, de aquel que es Dios hecho carne. Tal fue la sentencia que cristalizó en la definición llamada Theotokos, no para exaltar a la mujer, sino para salvaguardar al Hijo.

Este título, que levanta pasiones encendidas en ciertos sectores de nuestro pueblo evangélico, suele ser rechazado más por reacción que por discernimiento. Y aunque el aborrecimiento del papalismo sea en muchos casos justo y bien fundado, no siempre se advierte que no toda palabra usada por Roma es invención romana, ni toda fórmula antigua es corrupción tardía. No conviene, pues, tirar al niño junto con el agua del baño, pues en tal arrebato se corre el riesgo de desechar verdades que la Iglesia confesó mucho antes de que Babilonia se sentara en el trono.

Porque con Roma, querámoslo o no, compartimos cosas ciertísimas, no por comunión presente, sino por herencia común. Y por eso siempre se ha dicho, con razón, que la Reforma Protestante no creó una iglesia nueva, como si antes no hubiese habido Iglesia de Cristo, sino que reformó allí donde la Babilonia papal había cautivado la verdad, mezclándola con superstición, poder y artificio humano. La Reforma no negó los concilios fieles ni las confesiones legítimas, sino que las rescató del secuestro romano y las devolvió a su fin primero: servir a Cristo y no eclipsarlo.

Así, confesar que María es madre de la Persona del Hijo no nos hace papistas, como tampoco confesar la Trinidad nos hace nicenos en sentido sectario. Son verdades de la Iglesia una, santa, católica y apostólica, anteriores a Roma como sistema y superiores a ella como autoridad. El error no está en afirmar lo que los concilios afirmaron para guardar la fe, sino en usar esas afirmaciones para construir un edificio que ya no honra al Hijo, sino que lo rodea, lo filtra y finalmente lo oscurece. Ahí está la línea que no debe cruzarse, y ahí mismo se alza la diferencia entre la fe reformada y la corrupción papal: nosotros confesamos lo antiguo para proteger a Cristo; ellos lo usan para desplazarlo.

Pues dicen a esto algunos de los nuestros, con ánimo receloso, que María no es madre de Dios en sentido alguno, ni puede serlo jamás, pues —afirman— es madre solamente de la naturaleza humana de Jesús, y de nada más. Y al decirlo, piensan hablar con agudeza y prudencia, creyéndose doctos y bien advertidos; mas lo que en verdad manifiestan es intuición natural antes que precisión teológica. No se les ha de amonestar con mucha fiereza por ello, porque hacen uso legítimo de la razón y rehúyen con buen celo el exceso papista; con todo, la teología no se gobierna solo por intuiciones, sino por distinciones finas, y en este punto, aunque bien intencionados, yerran no poco.

Porque nadie es hijo de una naturaleza tomada en abstracto, sino de una persona subsistente. Las naturalezas no nacen, no hablan, no actúan; las personas sí. Decir que María es madre de la naturaleza humana de Cristo es introducir una abstracción que la Escritura jamás emplea y que la Iglesia antigua rechazó por inconsistente. María no dio a luz una humanidad flotante, ni un conjunto de propiedades humanas, sino a un sujeto concreto, verdadero y personal. Y ese sujeto no es otro que el Hijo eterno, quien, sin dejar de ser lo que era, asumió lo que no era, naciendo de mujer en el tiempo.

Nadie, en rigor, pare naturalezas. Las mujeres paren personas. Esto es axioma primero y no admite disputa. Lo que María dio a luz fue una Persona, no una esencia, no una naturaleza aislada, sino la Persona eterna del Hijo, la cual, en el mismo acto de su concepción milagrosa, asumió verdadera naturaleza humana. La cuestión, pues, no es qué parió María, sino a quién parió María. Y María parió al Hijo, una sola Persona, subsistente desde la eternidad como Dios verdadero, y en el tiempo nacida de mujer según la carne. Por ello se dice con toda propiedad que es madre de la Persona divina según la humanidad, no porque la naturaleza divina haya recibido origen de ella, sino porque el que nació de ella es verdadero Dios.

Entonces suele alzarse la objeción de algunos de los nuestros, diciendo que Theotokos significa “paridora de Dios”, lo cual juzgan impreciso y aun impropio, pues María —afirman— no parió a Dios en cuanto a la Deidad común, ni a las tres Personas, sino al Verbo encarnado; y añaden que María no pudo en modo alguno participar de la creación de Aquel que es eterno. Por tanto, concluyen, lo más seguro y preciso sería decir que María, aunque parió verdaderamente al Hijo, y aunque este Hijo es verdadero Dios, no puede ser madre de la “parte” divina. 

Mas aquí, sin advertirlo, caen en un mal mayor que aquel que procuran evitar. Porque al hablar de “parte” divina y “parte” humana, dividen al santísimo Señor en secciones, como si fuese 268 compuesto de piezas ensambladas, y no una sola Persona subsistente en dos naturalezas. Esta locura, no es menor, pues uno de nuestro pueblo, conocido como “La mojarra” Blanco, afirmó justo esto que aquí refiero, afirmando que el no podía creer por vía ninguna, en la “atornillación” de las naturalezas, pues esto era, según él, “filosofías” Y así, con buena intención, pero con mala precisión, introducen lo que los concilios condenaron con todo rigor: dos Cristos, dos sujetos, uno que nace y otro que no, uno que sufre y otro que permanece impasible, negando de raíz la unión hipostática y deshaciendo en el acto el misterio de la encarnación.


 Porque el Verbo no asumió a un hombre ya existente, ni se unió a una persona humana distinta de sí, sino que Él mismo, siendo Persona divina, tomó para sí una naturaleza humana verdadera. De manera que el que nace es el mismo que es eterno, no según su Deidad, sino según la carne; más es siempre el mismo sujeto. Y la maternidad, como bien lo entendió la Iglesia antigua, no se predica de naturalezas abstractas, sino de personas concretas. María no es madre de la Deidad, ni madre de la Trinidad, ni origen de lo eterno; pero sí es madre del Hijo, una Persona divina, según la humanidad que Él asumió.

Y esta objeción, bien entendida, no nace de malicia, sino de una confusión legítima entre semántica y uso técnico. Porque estos hermanos entienden “Dios” como la esencia divina, y en eso no yerran lingüísticamente. Mas Calcedonia jamás afirmó que María pariese la esencia divina, sino a la Persona eterna del Hijo, que es Dios y hombre en una sola hipóstasis. Por eso el concilio no dijo que María fuese origen de la Deidad, sino que es aquella que dio a luz a Aquel que es Dios.

Esta precisión no es capricho, sino muralla levantada contra una herejía concreta. Porque Nestorio enseñaba que Cristo tenía dos personas, una divina y otra humana; que María era madre solo del Jesús humano y no del Verbo eterno; y que, por tanto, no debía llamársela Theotokos, sino Christotokos. Mas tal doctrina partía a Cristo en dos sujetos, producía dos Cristos, dos centros de acción, dos personas. Y esto vacía la redención, se falsea la cruz, se quiebra la resurrección y se niega la unión hipostática.

La Iglesia respondió entonces con una fórmula breve y contundente, como martillazo sobre el yunque: una Persona, no dos; y esa Persona es Dios; y esa Persona nació de María; luego, Theotokos. Con esto se cerró la boca al error y se salvó la cristología. Fin del problema en cuanto a la fe.

Ahora bien, aquí conviene conceder, sin aceptar el error, aquello que muchos tropiezan al oír esta palabra. Si alguno escucha Theotokos y entiende “paridora de Dios” en sentido esencial, no es necio ni impío, sino coherente con la semántica desnuda del término. Porque hay, en verdad, dos planos distintos que no deben confundirse. El primero es el plano semántico: theos significa Dios sin especificar persona alguna. Nunca ha significado, por sí mismo, el Verbo, ni el Hijo, ni la segunda hipóstasis. El segundo plano es el uso técnico-teológico del siglo quinto, donde “Dios” se usa por sinécdoque para referirse a la Persona del Hijo en cuanto sujeto único de la encarnación.

En semántica pura, Theotokos significa la que da a luz a Dios. Y si alguno, leyendo esto, pregunta cómo María pudo parir a Dios, su reacción es racional y legítima. El problema no es lingüístico, sino histórico y polémico. Los padres usaron este término no por ser claro, sino por ser explosivo. Fue escogido a propósito para forzar una conclusión inevitable: si el que nació de María no es Dios, 269 entonces hay dos personas y el Verbo no se encarnó. Así que o se acepta Theotokos en este sentido, o se cae en el nestorianismo.

Por eso debe decirse con toda honestidad que el término es doctrinalmente ortodoxo, pero semántica y pedagógicamente deficiente. Suena mariológico, cuando es cristológico. Parece modalista al oído no entrenado. Puede dar a entender, si se le saca de su contexto, que María origina la Deidad, que la Trinidad se confunde o que Dios tiene principio. Nada de eso enseña la Iglesia antigua, pero todo eso puede inferirse si se usa la palabra sin explicación. Por eso es menester que nuestro pueblo reciba instrucción y no se quede con su reticencia a lo que poco entiende. Así pues, en cuanto a claridad, ¿fórmulas más explícitas son preferibles? Quizá, mas esto es nimio, porque la formula Theotokos es cristológica y le precede todo un desarrollo bien articulado. En cuanto a precisión doctrinal, Theotokos es correcto solo cuando se entiende como lo entendió Calcedonia, y así es como lo confiesa nuestro pueblo, así que ningún error hay en ello.

Mi deseo al poner por escrito esta breve precisión no es fingir erudición que no poseo, ni disputar honores con aquellos que son más diestros y ejercitados en estas materias, sino mostrar con llaneza que mi proceder no es heterodoxo, ni fruto de radicalización alguna contra la fe antigua. Antes bien, confieso que milito mi fe en torno a las grandes verdades históricas que la Iglesia ha confesado con costo y fidelidad, y que no me aparto de ellas por moda pasajera, por sombras de sospecha ni por variaciones del ánimo.

No rehúyo la antigüedad por ser antigua, ni la abrazo por serlo; la recibo cuando sirve a Cristo y la rechazo cuando lo eclipsa. Y si en algo he hablado con firmeza, no ha sido por espíritu de contradicción, sino por celo de claridad, pues más daño hace la confusión piadosa que la negación abierta. Mi intención no ha sido derribar lo que es verdadero, sino distinguirlo de aquello que, amparado en palabras venerables, se ha deslizado más allá de su justo límite. Quien aquí hallare algo útil para su edificación espiritual, recíbalo con gratitud y disciérnalo con juicio; y quien, con pleno conocimiento, estime mejor ponerse del lado de los herejes y de los que pervierten la verdad, asuma también las consecuencias de tal elección. Porque la verdad no se ajusta al gusto del hombre, sino que el hombre ha de ajustarse a la verdad, y cada cual dará cuenta, no según su devoción, sino conforme a la luz que tuvo y despreció.

SOLI DEO GLORIA