DE LOS ARGUMENTOS
POPULARES
Después de haber
avanzado harto ya de todas las mentiras que en derredor de la llamada “misa” se
han fraguado, es preciso detenernos en aquellos argumentos que suelen blandir
no tanto los doctores mejor formados de Roma, sino los apologistas menos versados
y aun los clichés del vulgo ignorante. El primero de ellos toca a los llamados
“milagros eucarísticos”, pues se nos dice que estos son prueba indubitable de
la transubstanciación.
Para el lector que
no está habituado al lenguaje de tales supercherías, conviene explicar que por
“milagros eucarísticos” entienden los papistas el fenómeno por el cual una de
sus obleas, después de pronunciadas sobre ella las fórmulas latinas, supuestamente
se convierte en carne humana, o comienza a exudar gotas de sangre real. A esto
añaden con entusiasmo relatos de monjas, beatas y frailes crédulos que, con la
candidez de infantes y la fantasía de poetas, aseguran haber visto la hostia
palpitar como corazón vivo.
Mas, ¿qué diremos a
esto? Que tales patrañas no son otra cosa sino el recurso desesperado de
quienes, faltos de fundamento en la Palabra de Dios, han de inventar prodigios
para sostener sus ficciones. Pues la Escritura enseña claramente: “La fe es por
el oír, y el oír, por la palabra de Dios” (Romanos 10:17), no por ver hostias
sangrantes ni obleas palpitantes. El mismo Cristo declaró: “Bienaventurados los
que no vieron, y creyeron” (Juan 20:29). Así, lejos de confirmar la fe, estos
“milagros” la pervierten, pues la desplazan del Evangelio a la superstición.
Pero abordemos con
precisión este menester, pues ha de notarse no sólo una contradicción, sino
muchas inconsistencias, que dejan en evidencia lo endeble del artificio.
Primera: nos dicen
los papistas que sus misas o sacrificios son “incruentos”, es decir, sin
derramamiento de sangre, pues no habría allí nueva inmolación, sino la
“actualización” del Gólgota. Mas si el sacrificio es incruento en la
transubstanciación, ¿cómo es que el llamado “milagro eucarístico” nos presenta
sangre real? Y si es sangre real, ya no es incruento, sino cruento. He aquí la
contradicción: lo que se predica como esencia de la misa, se niega en el
milagro que supuestamente la confirma.
Segunda: nos
enseñan que aunque comen el cuerpo y la sangre de Cristo, no han de ver sino
los accidentes del pan y del vino, pues la sustancia fue “transmutada”. Mas en
el milagro eucarístico no hay accidente que permanezca, sino que se nos muestra
sustancia, sangre real y carne visible. De este modo, lo que en el dogma se
declara invisible, en el prodigio se vuelve tangible, destruyendo así el
principio de su propia ficción. Pretendiendo convencer al populacho con tales
supercherías, terminan por anular lo que ellos mismos defienden.
Tercera: el dogma
dice que Cristo es recibido “todo entero” en cada partícula, pues la sustancia
completa se halla en la más mínima fracción de la hostia. Pero si en un milagro
eucarístico aparece solo “sangre” o un fragmento de carne, entonces ya no se recibe
a Cristo entero, sino en pedazos, lo cual degrada su humanidad perfecta y
contradice la doctrina que quieren confirmar. A este absurdo, no tienen reparo
en decir que a la luz del microscopio lo que se ve es “pedazo de corazón”, [1] lo
cual contra la doctrina de la transubstanciación es, pues tienen a Cristo en
pedazos, y no “todo entero” como afirman.
Cuarta: nos dicen
que la Eucaristía es misterio de fe, superior a los sentidos, y que no debe
probarse con visiones carnales ni con percepciones empíricas, pues la fe se
basa en la Palabra y no en los ojos. [2]Mas
¿qué son los milagros eucarísticos sino un llamamiento vulgar a los sentidos?
Si el milagro fuese prueba, destruye la fe que dicen defender; si no es prueba,
¿para qué entonces los exhiben como trofeos de piedad?
Estas y otras
inconsistencias muestran no otra cosa sino los fetiches y supercherías con que
Roma se adorna, cosas con las cuales el diablo se siente muy complacido, pues
no le es nada difícil engañar a tales incautos, sino poniendo un poco de
serratia en sus hostias y trastocando sus obleas, para luego hacerles definir
dogmas sobre tales embustes y encerrarse aún más en la mentira.
Mas del pueblo de
Dios se dice: “si le fuere posible, engañaría aun a los escogidos” (Mateo
24:24). De ahí que el testimonio del Espíritu, que asiste a los que tienen este
sello, es firme y seguro, y no permite que el enemigo los toque. Porque está
escrito: “El maligno no le toca” (1 Juan 5:18), y también: “El Señor es fiel,
que os afirmará y guardará del mal” (2 Tesalonicenses 3:3).
De esta manera, lo
que para el vulgo crédulo se presenta como portento y maravilla, para el que
tiene la unción verdadera se muestra como burla satánica, artificio de
tinieblas y no de luz. Y mientras Roma levanta trofeos de carne putrefacta y de
sangre coagulada, la Iglesia de Cristo se aferra a la Palabra viva y al
testimonio inmutable del Espíritu Santo, que no puede ser confundido con tales
fábulas profanas.
DIOS TODO LO PUEDE
Pasemos ahora al
argumento del desesperado, conocido técnicamente como deus ex machina,
que suele ser utilizado cuando la mente ha entrado en sesgo cognitivo y las
falencias no alcanzan para seguir vociferando. Iniciemos diciendo que invocar a
Dios y a su omnipotencia no es argumento, pues si bien “Dios todo lo puede”,
concordamos en que Él no puede mentir (Tito 1:2), ni tampoco aprender, pues
todo lo sabe (Salmo 147:5). Dios no puede dejar de existir (Éxodo 3:14), ni
tampoco dejar de ser Dios (Malaquías 3:6).
De ahí que invocar
a Dios para rellenar el hueco argumentativo en un contexto en que se agotaron
los razonamientos, ha sido llamado con justa razón deus ex machina, lo
cual en lenguaje popular es el “Dios de los huecos”. Dicen, pues, los papistas,
que toda la argumentación que se pueda esgrimir para sacar a la luz sus
mentiras y falencias no importa nada, pues “Dios todo lo puede” y, si quiere
convertirse en pan o en gota de vino transubstanciada, ¿quiénes somos nosotros
para dudarlo?
Ironía suprema:
contra falencias nos levantamos y una falencia se nos da como respuesta. Contra
errores señalados se nos ofrece no una defensa, sino una fuga. Contra la falta
de pruebas se nos predica misterio. He aquí, pues, cuatro argumentos que desnudan
esa inconsistencia:
Dios no puede
contradecirse a sí mismo. La Escritura afirma: “No es hombre para que
mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta” (Números 23:19). Si Él
instituyó la Cena como memorial (Lucas 22:19; 1 Corintios 11:24-25), jamás
puede ser sacrificio repetido. El poder de Dios no valida absurdos. Que Dios
sea omnipotente no significa que dé realidad a disparates. Decir que una hostia
es “Cristo entero” y al mismo tiempo sigue teniendo forma, sabor y
accidentes de pan, es convertir la fe en contradicción lógica, no en misterio
santo. A eso sumamos que en sus llamados “milagros eucarísticos” no se da
“entero” sino a pedazos, (de miocardio).
Dios obra conforme a su Palabra, no contra ella. Está escrito: “La
Escritura no puede ser quebrantada” (Juan 10:35). Si en ninguna parte se
nos manda adorar pan ni vino, atribuir a Dios esa invención no es piedad, sino
blasfemia. El Dios vivo no se degrada en ídolo. Jehová mismo prohibió en la ley
toda semejanza o imagen para adoración (Éxodo 20:4-5; Deuteronomio 4:15-16).
Decir que ahora Él mismo se hace ídolo de harina y vino es contradecir toda la
revelación anterior y negar el carácter inmutable de su santidad.
De esta forma, la
excusa del deus ex machina no es sino un recurso desesperado del
sofista, que al verse arrinconado sin fundamento, echa mano del “Dios puede
todo”, como si la omnipotencia divina fuera un cheque en blanco que pueden
firmar cada que les place a su favor.
LA HOSTIA ME HACE
FLIPAR
De todos los
argumentos flacos y desvaídos que suelen salir de la boca de los papistas,
ninguno es tan repetido como el que apela a los afectos y a las emociones.
Dícenos que el pobre feligrés, cargado de congojas, miserias y ansias del
corazón, siente cierto cosquilleo en el vientre o mariposas en su estómago
cuando traga la hostia consagrada. Mas, ¿qué prueba es esta? ¿Desde cuándo el
estremecimiento del cuerpo prueba la verdad del dogma? ¿O es que ya la piedra
de toque de la fe no ha de ser la Palabra de Dios, sino el vaivén de los
humores?
No piense el lector
que uno hace poco de los sentimientos del vulgo, como si quien esto escribe
fuese un tronco sin alma. No, que bien sabemos que el corazón del hombre
tiembla, se alegra y se entristece con mil causas diversas. Pero dígolo claro:
si todos los argumentos que los romanistas pueden dar se reducen a esta
necedad, el suyo es el más inútil, pues los afectos son mudables, subjetivos, y
pueden ser encendidos lo mismo por la Palabra de Dios, que por una canción
profana, por el licor del vino, o por el soplo de un tambor.
¿No dicen lo mismo
los gentiles? Mirad el ejemplo del monje tibetano Matthieu Ricard, a quien los
doctores de las ciencias naturales llaman “el hombre más feliz del mundo”. Su
cerebro, sometido a los artificios de la experimentación, ha mostrado ser más inclinado
al gozo que el de los demás mortales. [3]¿Y
qué? ¿Será por ende el budismo la verdadera religión, sólo porque un infeliz
idólatra sonríe más que otros?
Acordaos también
del impostor hindú Sathya Sai Baba[4],
quien con baratijas fingidas hacía creer a millares de crédulos que la
divinidad estaba en él. Y los que le miraban decían sentir una paz inefable y
dulzura en el pecho. Mas, ¿qué otra cosa era aquello sino engaño del demonio?
¿Se ha de medir la verdad de una fe por los temblores de las entrañas?
Y aún más, ¿qué
diremos de los sufíes mahometanos? Éstos, girando como trompos en sus danzas y
clamando el nombre de su falso dios, entran en éxtasis de lloro, de risa y de
desmayo, asegurando haber tocado lo eterno[5].
Sus lágrimas corren como ríos, y su gozo es tan vehemente que juran haber visto
a Alá mismo. ¿Diremos entonces que el islam es verdadero porque produce
emociones intensas?
Ved pues que el
argumento es falaz. El corazón del hombre es engañoso y perverso más que todas
las cosas (Jeremías 17:9). Y si hemos de medir la verdad por los sentimientos,
no hay error que no pueda justificarse, ni idolatría que no halle amparo. Mas
nosotros no andamos por vista, ni por sentidos, ni por emociones, sino por la
fe que se funda en la Escritura divina, la cual es segura, firme y no se tuerce
como caña agitada del viento.
En este punto,
acaso alguno diga: “¿No hacéis lo mismo vosotros? ¿No apeláis también a
vuestros sentimientos para afirmar vuestras convicciones?” Sí, y es verdad que
el pueblo de Dios no está exento de sentir, mas lo que aplica a unos aplica a
todos. El que quiere andar no por fe, sino por los humores de sus entrañas,
juega con fuego. Pues si bien las emociones son don natural, por el cual el
hombre gusta de la vida, no le ha placido al Altísimo ponerlas como pináculo
del creer, sino la fe.
Así, puede el
hombre estar airado y aun creer, y creyendo obedecer; mientras otro puede estar
alegre y en su alegría blasfemar de la verdad. Cristo mismo nos enseñó en la
parábola de los dos hijos: el uno dijo “no” y fue, y el otro dijo “sí” y no fue
(Mateo 21:28-31). ¿Cuál de los dos justificó el Señor? No al que tuvo palabras
dulces y semblante risueño, sino al que, aunque de mala gana al principio,
obedeció la voz de su padre.
De la misma manera,
las emociones pueden acompañar a la fe verdadera como huésped noble, mas no son
su fundamento. Y si por ventura faltaren, la fe no pierde un ápice de su
dignidad ni de su fuerza. Antes bien, queda claro que no el temblor del cuerpo
ni la lágrima fácil determinan quién es hijo de Dios, sino la obediencia de la
fe, la cual obra por amor y se sujeta a la Palabra. Así que remito lo que he
dicho al principio de este argumento, de todos los argumentos, el que se
pretende afirmar en los reparos del cuerpo, es el mas débil.
ES UN GRAN MISTERIO
Por último, mas no
por ello menos desvariado, cuando todas las estratagemas se les derrumban como
torre carcomida, y el papista queda cual púgil desarmado, arroja la toalla, mas
no sin antes mendigar que se le conceda al menos un resquicio. Dice entonces:
“Este asunto es altísimo y se ha de tener por gran misterio”. Mas en esto nada
concedemos, pues misterio ya era antes, cuando los papistas nada decían, y
misterio seguirá siendo aunque ahora hayan añadido sus fábulas. No es correcto
otorgar crédito a quien mintió desde el principio, ni es honroso llamar
“misterio” al fárrago de invenciones con que han vestido sus desatinos.
Si este sacramento
fuese en verdad “misterio”, ¿por qué nos lo quieren desmenuzar en categorías y
conceptos meramente humanos? El vocablo “misterio” ya basta, y lo que encierra
pertenece al Señor (Deuteronomio 29:29). Mas no han querido los romanistas dejarlo
en silencio, sino que edificaron sobre él castillos de viento, pretendiendo
aclarar lo que Dios ocultó. Así inventaron la “transubstanciación”, obligando a
adorar el pan; añadieron la “concomitancia”, para excusarse; disputaron de la
“ubicación del cuerpo” como si midiesen con regla al Altísimo; y al mismo
tiempo, clamaron “¡misterio!” para cubrir su desnudez, mientras mostraban
pedazos de carne y gotas de sangre en sus ridículos “milagros eucarísticos”.
Véase, pues, la
trampa: cuando la razón y la Escritura los desnudan, se refugian en la palabra
“misterio”, no para adorar lo oculto de Dios, sino para que se les conceda la
victoria del asalto que han perdido. Pero no se les concede. Misterio es para
quien dice con Pablo: “Lo que recibí del Señor, eso os he entregado” (1
Corintios 11:23), y nada más. Todo lo que va más allá, no es misterio divino,
sino añadidura humana.
Ahora pues, ¿es
misterio? Sin duda lo es, pero no en el sentido pagano y órfico con que los
gentiles revestían sus ritos, sino en el sentido apofático, conforme a la
piedad cristiana, donde el misterio no es ocasión de fábula ni de invención,
sino límite santo puesto por Dios para que el hombre calle donde Él no ha
hablado. Mucho podría añadirse en este lugar, mas no es este el espacio. Así
pues, habiendo ya desentrañado las falacias y desmontado los artificios de los
papistas, damos fin a este capítulo, y pasemos al siguiente, donde nuevas
supercherías aguardan ser sacadas a la luz.
[1] La formulación popular
“pedazo de corazón” es un resumen divulgativo de lo que el propio Ricardo
Castañón Gómez repite en sus conferencias: que, al ser analizadas al
microscopio, las muestras correspondían a tejido cardíaco humano (miocardio)
del ventrículo izquierdo; la descripción técnica citada por Castañón
procede de: Castañón Gómez, R. (s. f.). ¿Qué dice la ciencia de la
Eucaristía? (conferencia). Nazaret.tv. Recuperado de: https://nazaret.tv/video/36/iquestqueacute-dice-la-ciencia-de-la-eucaristiacuteadr-ricardo-castantildeoacuten
[2] Tomás lo expresa así: “La
presencia del verdadero Cuerpo de Cristo y de la verdadera Sangre de Cristo ‘no
se percibe por los sentidos, sino por la fe sola’” (STh III, q.75, a.1); y en
el himno Adoro te devote: “Visus, tactus, gustus in te fallitur; sed
auditu solo tuto creditur; credo quidquid dixit Dei Filius” (la vista, el
tacto y el gusto fallan; sólo por el oído —la Palabra— se cree con seguridad;
creo cuanto dijo el Hijo de Dios). El magisterio reciente asume lo mismo: Pablo
VI, en Mysterium Fidei, reafirma que en la Eucaristía “lo que se ofrece
a los sentidos” son las especies de pan y vino, mientras que la realidad es
conocida por la fe en la palabra de Cristo. Pablo VI. (1965). Mysterium
Fidei (Encíclica sobre la Eucaristía).
[3]
Los estudios de
neurociencia (Universidad de Wisconsin–Madison) reportaron en Ricard y otros
meditadores oscilaciones gamma de alta amplitud asociadas a estados afectivos y
atencionales. Véase: Lutz, A., Greischar, L. L., Rawlings, N. B.,
Ricard, M., & Davidson, R. J. (2004). Long-term meditators self-induce
high-amplitude gamma synchrony during mental practice. Proceedings of the
National Academy of Sciences, 101(46), 16369–16373.
https://doi.org/10.1073/pnas.0407401101. Recuperado
de:
[4]
Sathya Sai Baba (1926–2011), gurú indio
nacido como Sathyanarayana Raju, fue líder espiritual con millones de
seguidores en la India y en el extranjero. Se proclamó encarnación divina y
sucesor de Shirdi Sai Baba. Promovía una religiosidad sincrética, uniendo
elementos del hinduismo, islam y cristianismo, con énfasis en el amor universal
y el servicio social. Su movimiento fundó escuelas, hospitales y obras
benéficas, pero también estuvo marcado por acusaciones de fraude y abusos.
[5]
Los sufíes musulmanes,
en particular las órdenes derviches, practican estas danzas giratorias y
repeticiones extáticas del nombre de Alá para inducirse a estados de trance.
Estos éxtasis de lloro, risa o euforia son tomados como experiencias místicas,