“No impongas con ligereza las manos a ninguno…”
-Pablo
Imposible es que haya sucesión apostólica en el sentido en que la imagina y predica el papalismo, y ello por razones tan claras que solo la obstinación puede negarlas. Primeramente, porque los apóstoles no son sucedidos sino por otros apóstoles, y los apóstoles no se fabrican por línea administrativa ni por imposición de manos, sino que son constituidos por llamamiento inmediato y soberano de Cristo. Así lo fue Pedro, así lo fue Juan, así lo fue Pablo, quien no recibió su apostolado de hombre alguno ni por hombre alguno, sino por Jesucristo mismo, como él mismo testifica en la epístola a los gálatas. Donde no hay llamamiento directo del Señor resucitado, no hay apostolado, por más cadenas episcopales que se exhiban. Pretender suceder a los apóstoles sin compartir su vocación extraordinaria es usurpar un título que Dios no confirió. En segundo lugar, porque la Escritura jamás enseña la necesidad de una sucesión de personas, sino la preservación y transmisión fiel del mensaje. Lo que se manda guardar no es una silla, sino el depósito de la fe. Pablo no dice a Timoteo que cuide una cadena sacramental, sino que guarde la sana enseñanza y la confíe a hombres fieles, idóneos para enseñar a otros. Aquí la continuidad no es ontológica ni jurídica, sino doctrinal. La Iglesia sucede a los apóstoles en la medida en que permanece en su palabra; cuando se aparta de ella, aunque conserve todos los ritos, deja de ser apostólica.
Esto mismo lo decía Tertuliano:
“Aquellas iglesias, que, aunque no pueden presentar a ninguno de los Apóstoles o varones apostólicos como su fundador, siendo mucho más recientes, y que, de hecho, se fundan cada día, sin embargo, conspirando en la misma fe, no son menos consideradas apostólicas por la consanguinidad de la doctrina” (Tertuliano, Prescripciones contra todas las herejías, cap. 32. (ANF03, pág. 53)
Y en tercer lugar, porque la supuesta sucesión por imposición de manos, tal como la concibe Roma, viola de raíz el mandato apostólico y destruye su propio fundamento. Pues la Escritura advierte con severidad que no se impongan las manos con ligereza, ni se participe de pecados ajenos, como se lee en la primera carta a Timoteo. Ahora bien, si la imposición de manos comunica autoridad apostólica de manera automática, entonces imponerlas sobre un obispo perverso no solo no sería problema, sino que garantizaría la continuidad institucional. Mas el apóstol dice lo contrario: que tal acto hace cómplice al que impone las manos y comunica culpa a la Iglesia. Luego, si la cadena episcopal ha pasado —como la historia demuestra sin disputa— por hombres impíos, herejes y corruptos, esa cadena no transmite virtud, sino que queda viciada. Ante tal devenir, la iglesia ha de destituir o “entregar a satanás” al inicuo, no mantenerlo en el cargo. Pero analicemos cada uno de los casos anteriormente citados de manera mas precisa.
Primero, respecto a la sucesión apostólica, esto nos dice el papismo:
“Este sagrado Sínodo enseña que los Obispos han sucedido, por institución divina, a los Apóstoles como pastores de la Iglesia, de modo que quien los escucha, escucha a Cristo, y quien los desprecia, desprecia a Cristo y a quien le envió" (Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, 20)
Cuando el papismo afirma que tal sucesión existe por institución divina, cava con sus propias manos la fosa de su tesis. Porque al decir que fue Dios quien así quiso que los obispos sucediesen a los apóstoles, queda obligado a probar tal designio no por conveniencia histórica ni por necesidad administrativa, sino por testimonio claro y expreso de la Escritura. Y en esto, falla de manera absoluta, pues la historia no deja atisbo de duda que esto es una construcción muy posterior, surgida a razón de los debates con los gnósticos y no por mandato ni obligación divina. Así mismo lo confiesa el erudito Robert Lee Williams en su libro Bishop Lists al decir:
“La idea de sucesión apostólica fue adoptada más como una herramienta de legitimación que como una doctrina basada en la enseñanza de los apóstoles.” (Williams, L. Robert, Formation of apostolic, succession of bishops in ecclesiastical crises, (2014) p. 3)
Y esto último, no es una tesis protestante para deslegitimar por una cuestión de desprecio al papismo, sino probada por los mismos papistas que se han sacado de encima el lastre papal; pues el propio Ratzinger se ve en la necesidad de reconocerlo al decir:
“Hans von Campenhausen ha hecho notar que, dejando a un lado el papel intermediario de la gnosis, la Iglesia, al formular el principio de la sucesión (tradición), se aplicó a sí misma un esquema de la filosofía antigua, que en sus escuelas fue la iniciación de la técnica de las listas de sucesión… (Ratzinger, Joseph. Primado, Episcopado y "Successio Apostolica". [aut. libro] Karl Rahner. Episcopado y Primado. Barcelona: Herder, 1965, p. 44)
Esto, por cierto, no debe causarnos extrañeza alguna, como bien lo admite el mismo Ratzinger, quien sin rubor afirma que la Iglesia, para poder expresarse entre los hombres, ha de apropiarse de los elementos circundantes, tomándolos del aire de su tiempo y acomodándolos a su discurso. Tal confesión, aunque dicha con aires de fineza teológica, descubre sin querer el nervio del problema: lo que Roma llama institución divina no pocas veces no es sino apropiación histórica, préstamo cultural y acomodo pragmático.
Mas ese debate, aunque grave, queda aquí al margen. Lo que aquí importa es la cuestión de fondo, a saber: si en verdad fue deseo de Dios que toda la Iglesia estuviese fundada sobre una sucesión personal de los apóstoles, transmitida por vía episcopal como si de herencia carnal se tratase. Porque si así fuera, los papistas no tendrían escapatoria alguna: estarían obligados a mostrarnos con claridad meridiana su pedigrí apostólico, no en términos generales y vaporosos, sino con evidencia continua, moral y doctrinalmente íntegra, desde los apóstoles hasta el día de hoy. Pero que esto tampoco pueden hacerlo lo atestiguan sus propios eruditos, como nos dice acá Raymond Brown:
“La afirmación de que todos los obispos de la Iglesia cristiana primitiva podían remontar sus nombramientos u ordenaciones a los apóstoles carece sencillamente de pruebas: es imposible remontar con seguridad a cualquiera de los presbíteros-obispos a los Doce y sólo es posible remontar a algunos de ellos a apóstoles como Pablo" (Raymond Brown, Priest and Bishop: Biblical Reflections, pág. 73)
A lo cual quizá dirán, pues da igual si las demás sedes no pueden rastrear su pedigrí, porque el de nosotros es claro, Pedro-Lino y de ahí los más de 200 sucesores, mas esto no es posible, ni histórica ni teológicamente. No lo es históricamente, porque las listas episcopales son tardías, contradictorias, reconstruidas a posteriori y atravesadas por cismas, antipapas, herejías y corrupciones notorias. No lo es teológicamente, porque la Escritura jamás hace depender la identidad de la Iglesia de una cadena de hombres, sino de la perseverancia en la doctrina apostólica y no es posible porque de Pedro en Roma no hay evidencia sustancial, y de su sucesor Lino, nada se sabe con rigor. Dice Kung:
“…La primera relación de obispos de Ireneo de Lyon, padre de la iglesia del siglo II, según el cual Pedro y Pablo transfirieron el ministerio del episkopos a un tal Linus, es una falsificación del siglo II. Solo puede demostrarse un episcopado monárquico en Roma a partir de la mitad del siglo II (obispo Aniceto)" (Küng, H. (2014). La Iglesia católica (A. Borràs Malo, Trad.). Debolsillo, p. 42)
Y por desventura del papismo, Kung, a quien ningunean como liberal que no ha de ser tomado en
cuenta, no es el único que afirma tal cuestión, porque, pudo ser infiel al papismo, pero fue fiel a la
erudición, y esto se deja notar cuando otros teólogos lo siguen en su postura. Por ejemplo, dice
Brown que:
“No hay nada en la literatura neotestamentaria sobre un proceso regular de ordenación. Y a fortiori no hay nada que apoye la tesis de que, por una cadena de imposición de manos, cada presbíteroobispo local podría trazar un pedigrí de ordenación hasta «los apóstoles" (Raymond E. Brown, “Episkopē and Episkopos: The New Testament Evidence”, en Theological Studies, 41, páginas 322–338)
Lo mismo dice Francis Sullivan:
“Ni el Nuevo Testamento ni la historia cristiana primitiva ofrecen apoyo a una noción de sucesión apostólica como «una línea ininterrumpida de ordenación episcopal desde Cristo, pasando por los apóstoles y a lo largo de los siglos, hasta los obispos de hoy" (Francis A. Sullivan, From Apostles to Bishops, pág. 31)
Ahora bien, el papismo puede alardear de haber construido un sistema que funciona y que, a diferencia de otros sistemas, ha perdurado a pesar de sus errores o flancos, pero eso aquí no está a discusión, pues si así fuera, confesarían el pragmatismo maquiavélico del que les hemos acusado. No querido lector, de fondo está la cuestión de si dicho sistema es, como lo dicen en sus concilios, divino, es decir, creado y estipulado por Dios, pues si su sistema funciona o no, poco o nada nos importa. Pero dado que hay evidencia sustancial para demostrar que sus ideas ni son divinas, ni pueden probarse, no nos queda mas que desestimarlas y no temerles, pues han surgido del nido de podredumbre de donde han surgido otras tantas. Así que, cerramos esta parte con la frase de Brattson:
“La imposibilidad de trazar una línea ininterrumpida de sucesión hace que esta idea sea teológicamente inviable.”(Brattston, (2020) Apostolic succession an experiment that failed, p. 95)
LA PISTOLA HUMEANTE DE LA SUCESICIÓN
Ahora bien, habiendo dicho todo lo anterior, pasemos a la pistola humeante del asunto, aquella que los papistas procuran ocultar o minimizar, y es esto mismo que ellos establecieron: que el supuesto carisma de sucesión les es comunicado por la imposición de manos. Aquí, sin saberlo o sabiéndolo muy bien, sellan su propia sentencia, pues lo que se esconde detrás de tal construcción rara vez se dice en voz alta. Pero vayamos por puntos. Dice así su sacro santo concilio:
“Para realizar estos oficios tan excelsos, los Apóstoles fueron enriquecidos por Cristo con una efusión especial del Espíritu Santo, que descendió sobre ellos (cf. Hch 1,8; 2,4; Jn 20,22- 23), y ellos, a su vez, por la imposición de las manos, transmitieron a sus colaboradores este don espiritual (cf. 1 Tm 4,14; 2 Tm 1,6-7), que ha llegado hasta nosotros en la consagración episcopal…” (Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, 21)
Con esta cita, intenta el papismo legitimar su creencia respaldándola en las Escrituras, y en esto, no tenemos nada que decir, pues en efecto, la doctrina de la imposición de manos está fuertemente atestiguada en los oráculos divinos:
"No descuides el don que hay en ti, que te fue dado mediante profecía con la imposición de las manos del presbiterio." (1 Timoteo 4:14)
"Por lo cual te aconsejo que avives el fuego del don de Dios que está en ti por la imposición de mis manos. Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio." (2 Timoteo 1:6-7)
Y en no pocas ocasiones se nos presenta dicha imposición de manos como parte del proceso litúrgico para la validación, consagración y establecimiento de ciertos ministerios, como el caso de: "A los cuales presentaron ante los apóstoles, quienes, orando, les impusieron las manos." (Consagración de los diáconos). (Hechos 6:6) "Entonces, habiendo ayunado y orado, les impusieron las manos y los despidieron." (Envío de Pablo y Bernabé). (Hechos 13:3) El autor de hebreos afirma que dicha enseñanza debería estar en orden de prioridad a los catecúmenos:
“Por tanto, dejando ya los principios de la doctrina de Cristo, vamos adelante a la perfección; no echando otra vez el fundamento del arrepentimiento de obras muertas y de la fe en Dios, de la doctrina de bautismos, de la imposición de manos, de la resurrección de los muertos y del juicio eterno” (hebreos 6:1)
Y, por tanto, para avanzar y ser “maestros”, era preciso primero conocer correctamente esto y aquello. Porque respecto a la imposición de manos, uno de los usos más prominentes en el Nuevo Testamento es la comunicación o recepción del Espíritu Santo, a menudo después del bautismo, como se ve en el libro de los Hechos (Hechos 8 y 19)
Ahora bien, si la imposición de manos es encontrada en las Escrituras y la encontramos asociada a la consagración, establecimiento y justificación de un ministerio, ¿Por qué entonces el papismo estaría mal? Bien, por eso al principio afirmé que esta es la pistola humeante, lo que sigue después es lo que el papismo esconde, porque Pablo no solo habla de “imponer las manos”, sino de NO IMPONERLAS
“No impongas con ligereza las manos a ninguno…” (1 Timoteo 5:22)
Y aquí inician los problemas para el papismo romano. Nos dicen los papistas, que ellos, tienen por sucesores de los apóstoles a los obispos, (cosa que no pueden probar) y que dichos obispos, fueron ordenados por la imposición de manos de los apóstoles. Así lo refiere por ejemplo el liber pontificalis respecto a Pedro, afirma que Pedro:
“Ordenó a tres obispos, diez sacerdotes, y siete diáconos”.(Loomis, L. R. (Trans.). (1916). The book of the popes (Liber pontificalis): To the pontificate of Gregory I. Columbia University Press.)
La cuestión es, ¿Quién, según el apóstol, debía, por orden e inspiración divina, recibir dicha imposición de manos? Y aquí viene el desastre para el papalismo romano, porque según el apóstol, aquellos que serían ordenados y recibirían la imposición de manos, debían tener ciertas cualidades:
Apacible (1 Tim. 3:3) No avaro (1 Tim. 3:3) No soberbio (Tito 1:7) No iracundo (Tito 1:7) Amante de lo bueno (Tito 1:8) Justo (Tito 1:8) Santo (Tito 1:8) Dueño de sí mismo (Tito 1:8) Retenedor de la palabra fiel (Tito 1:9)
En esta primera lista, el papista señalará gustoso Tito 1:9 y dirá, ¡he ahí! El obispo para retener la palabra fiel debe ser sucesor de los apóstoles. Pero ¿dicen algo de las demás cualidades? No, porque ya no conviene, porque al ser la pistola humeante, la ocultan. Pero Pablo continua:
Hospedador (1 Tim. 3:2; Tito 1:8) Apto para enseñar (1 Tim. 3:2) No dado al vino (1 Tim. 3:3; Tito 1:7) No pendenciero (1 Tim. 3:3; Tito 1:7) No codicioso de ganancias deshonestas (1 Tim. 3:3; Tito 1:7) •Amable (1 Tim. 3:3) Y sigue:
Irreprensible (1 Tim. 3:2; Tito 1:6) Marido de una sola mujer (1 Tim. 3:2; Tito 1:6) Sobrio (1 Tim. 3:2; Tito 1:8) Prudente (1 Tim. 3:2) Decoroso (1 Tim. 3:2)
Esta pistola humeante es evidente, pues en el Lumen Gentium, se cita la parte de las cartas pastorales:
“y ellos, a su vez, por la imposición de las manos, transmitieron a sus colaboradores este don espiritual (cf. 1 Tm 4,14; 2 Tm 1,6-7), que ha llegado hasta nosotros en la consagración episcopal…”
Pero se ignoran totalmente todas las demás cualidades que Pablo menciona, la razón, querido lector es más que clara. La ordenación no solo gira en torno a la doctrina, sino a la persona toda, y por eso Pablo advierte: "No impongas con ligereza las manos a ninguno, ni participes en pecados ajenos; consérvate puro." (1 Timoteo 5:22)
Lo que Pablo está diciendo es que: Si el candidato cumple los requisitos, la iglesia participa de un candidato VALIDO, en yuxtaposición, Si el candidato no cumple los requisitos, la iglesia se hace participe de PECADOS. Y en esto, nos sigue Ireneo, al que tanto citan para validar la sucesión de sus obispos, pues es ese mismo Ireneo quien dice:
“Pues si los apóstoles hubieran conocido los misterios ocultos, que solían comunicar a los perfectos, aparte y en secreto, los habrían transmitido especialmente a aquellos a quienes también encomendaban las propias Iglesias. Pues deseaban que estos hombres fueran perfectos e irreprensibles en todo, a quienes también dejaban como sucesores, cediendo su propio puesto de gobierno a estos hombres; estos hombres, si desempeñaran sus funciones honestamente, serían una gran bendición para la Iglesia, pero si se apartaran, una terrible calamidad".(Ireneo, contra las herejías, Libro 3, capitulo 1 énfasis añadido)
Lo mismo nos dice en tono mas fuerte Cipriano:
“Que el pueblo no se engañe creyendo estar libre del contagio del pecado mientras se comunica con un sacerdote pecador y da su consentimiento al episcopado injusto e ilícito de su supervisor, cuando la reprensión divina del profeta Oseas amenaza diciendo: «Sus sacrificios serán como pan de luto; todo el que coma de ellos será contaminado». Oseas 9:4 enseña y muestra claramente que todos los que han sido contaminados por el sacrificio de un sacerdote profano e injusto están absolutamente ligados al pecado” (Cipriano, Carta 67 sección 3)
Note usted, querido lector, porque de esto nada dicen los papistas, pues no han sido sucesores de los apóstoles sino calamidad evidente al cuerpo del Señor vez tras vez, pues es Roma hoy, en nuestros días, madre de todos los vicios, y los crímenes de pederastia se acumulan hasta el cielo. Por tanto, no hace la silla al sacerdote, sino el sacerdote a la silla, y si el Papa, el obispo, cardenal,cura o diacono son probados anticristos en moral y conducta, no tienen silla sino del averno. Y esto, lo confiesa Crisóstomo:
“Ved, pues, cómo os sentáis sobre la cátedra, porque no es la cátedra la que hace al sacerdote, sino el sacerdote el que hace la cátedra; no es el lugar el que santifica al hombre, sino el hombre el que santifica el lugar” (Juan Crisóstomo, Opus imperfectum, homilía 43 (PG, vol. 56, pág. 726) esta misma cita se encuentra referenciada en la Catena Aurea: Mt 23,1-4 de Tomas de Aquino.)
Y así mismo lo atestigua Jerónimo: “No son hijos de los santos aquellos que ocupan los lugares de los santos, sino aquellos que practican sus obras"(Jeronimo, en Decretum Gratiani, Distinctio 40, c. 2)
Veamos algunos ejemplos:
Juan XII, conocido como “el papa fornicario” fue un pontífice de vida sexual escandalosa y brutalidad política. En el sínodo de 963 se le imputan formalmente sacrilegio, simonía, perjurio, asesinato, adulterio e incesto, y se reporta la fama del Laterano como “burdel”.
Benedicto IX Sirvió como papa en tres ocasiones distintas. Fue acusado de numerosos actos atroces, incluyendo extorsión, adulterio, e incluso se dijo que vendió el papado, lo que generó un escándalo significativo.
Alejandro VI (Borgia) este corrupto es central de la notoria familia Borgia, sinónimo de nepotismo extremo, simonía (compra/venta de cargos eclesiásticos) y conducta sexual inapropiada. Utilizó su posición para enriquecer y empoderar a sus hijos (entre ellos César y Lucrecia Borgia) y organizó orgias en el Vaticano.
Pudiera uno citar a decenas de estos personajes nefandos, de vida torcida y conciencia cauterizada, mas no es menester, porque el punto ya se halla puesto a la luz del día. La pregunta brota por sí misma, sin necesidad de artificio alguno: ¿quién les impuso las manos a estos inmorales? ¿Quién legitimó a estos homicidas, fornicarios y corruptos? ¿Sucedieron ellos a los apóstoles de Cristo o al mismísimo Satanás, padre de mentira y homicida desde el principio? Y, lo que es más revelador aún, ¿por qué nada dicen los papistas al respecto? Pues bien, callan porque no pueden hablar sin condenarse. Porque si confiesan que tales hombres fueron legítimamente ordenados, entonces admiten que la imposición de manos no garantiza santidad, ni verdad, ni fidelidad apostólica alguna, y que su tan pregonada sucesión puede convivir sin rubor con la impiedad más descarada. Mas si dijeren que tales sujetos no debieron ser ordenados, entonces confiesan que la cadena se rompió, y con ella toda su pretensión de continuidad divina. Aquí el silencio papista es elocuente.
No se atreven a mirar de frente la historia, porque la historia no les sonríe. Los registros muestran que hombres manifiestamente impíos no solo ocuparon sedes episcopales, sino que las usaron para oprimir, matar y corromper. Y aun así, Roma jamás declaró nula su autoridad sacramental, jamás anuló sus ordenaciones, jamás rompió la cadena.¿Por qué? Porque hacerlo sería reconocer que su sistema no descansa en la santidad ni en la verdad, sino en la mera posesión del cargo.
En este punto recuerdo haber cruzado palabra con aquel sujeto, conocido por unos como “el partículas” y por otros como “el espirales”, quien con soberbia no disimulada afirmó, sin rubor alguno, que sacaba pecho por sus papas infames, y añadió con lengua de serpiente que Judas también fue un malvado y que no por ello dejó de ser apóstol. Con tal comparación, torpe y blasfema, pretendía dar a entender que poco importa que su iglesia haya sido gobernada por fornicarios, homicidas y corruptos, pues según él la línea de sucesión es lo único que cuenta, y esa no puede quebrarse por pecado alguno.
Mas con esto, el tal no solo mostró ignorancia, sino que atestiguó abiertamente contra la Escritura y contra los propios Padres a los que dice venerar. Porque Judas no fue ejemplo de sucesión, sino de perdición; no fue fundamento de la Iglesia, sino advertencia solemne. Él fue contado entre los Doce por elección soberana de Cristo, sí, pero también fue quitado de su oficio por su traición, como testifica la Escritura cuando dice que cayó para irse a su propio lugar, y que otro tomó su obispado. Judas no prueba la indestructibilidad de una línea, sino precisamente lo contrario: que el oficio puede perderse, y que la traición no queda sin juicio.
Lo atestigua así Lucas: “para que tomase parte de este ministerio y apostolado, de que cayó Judas por transgresión, para irse a su propio lugar” (Hechos 1:25)
“Y ahí mismo nos dice: "Sea hecha desierta su habitación y no haya quien more en ella, y tome otro su oficio”.” (Hechos 1:20)
La pregunta es, ¿sucede a Pedro Urbano VI, quien capturó y mandó matar brutalmente a un obispo y a cardenales implicados en complots, alimentando la anarquía política en los Estados PontificiosAsí pues, al comparar a Judas con los papas infames, el tal sujeto no defendió la sucesión apostólica, sino que la hundió. Porque si su argumento es válido, entonces Satanás mismo podría ser obispo con tal de haber recibido imposición de manos, y la Iglesia quedaría obligada a obedecerle. Tal monstruosidad no procede del evangelio, sino del infierno y personajes nefandos como el partículas, evidencias con creces porque son hijos del papalismo y no de la luz.
Note usted, querido lector, la sabiduría que resplandece en la ordenación apostólica cuando se nos manda que obispos y presbíteros sean hombres casados, no por desprecio de la continencia, sino porque en ello hay testimonio público y probado de su conducta. El matrimonio no es adorno del ministerio, sino crisol donde se muestra el temple del varón; quien no sabe gobernar su casa, ¿cómo cuidará de la Iglesia de Dios?, como lo afirma el Apóstol sin rodeo alguno. Y así, la vida doméstica se convierte en espejo de la capacidad pastoral, donde la fidelidad, la templanza y el gobierno se hacen visibles ante todos.
Por esto mismo Pablo añade que tales hombres han de ser puestos a prueba antes de ser recibidos en el ministerio, para que no se introduzcan lobos bajo piel de pastores y no se haga del altar refugio de ambición o de vicio. Por eso Brattson, que traza con enorme prodigalidad el asunto, nos dice que, en tiempo antiguo, el pueblo participada de la elección de sus lideres, porque así probados, podían darse cuenta quien era verdadero elemento del Señor y quien no:
“Los superintendentes idóneos, quienes han asumido el rol de profetas y maestros carismáticos, llegaban a este cargo mediante elección del pueblo...” (Brattston, 2020, p. 45)
¿No dice esto mismo el apóstol Pedro? “Buscad, pues, hermanos, de entre vosotros a siete varones de buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría” (Hechos 6:3)
Los que son escogidos han de surgir de en medio del pueblo, conocidos por su fe, su doctrina y su vida, y reconocidos por aquellos entre quienes han de servir. Así fue en antiguo, cuando se nos dice que el sumo sacerdote era “tomado de entre los hombres y constituido para el servicio de Dios a favor de los hombres”, (hebreos 5:8) de modo que conocía sus flaquezas y no era extraño a sus luchas.
En este mismo tenor, tenemos la carta 67 de Cipriano, donde elogia al pueblo de España por haber sustituido mediante elección a Basílides y Marcial quienes habían contaminado a la iglesia. También Eusebio narra la elección de Fabián en Roma con un detalle políticamente devastador para la idea de nombramiento vertical: “todos los hermanos” dice, se reunieron “para escoger por voto” al sucesor, y “todo el pueblo” clamó unánime que era digno y lo sentaron en la sede.405 Lo que demuestra que Roma, al trasgredir la tradición mas antigua, echó sobre sí la destrucción de su propia sede, pues sin participación del pueblo no debe haber elección, pues, ¿Quién atestiguará sobre los inicuos que osen entrar al rebaño?
Esto lo dice magistralmente y con palabras de divina sabiduría Cipriano:
“Observamos también que esto proviene de la autoridad divina: que el sacerdote debe ser elegido en presencia del pueblo, a la vista de todos, y debe ser aprobado como digno e idóneo mediante juicio público y testimonio; como en el libro de Números, el Señor ordenó a Moisés: «Toma a tu hermano Aarón y a su hijo Eleazar, y colócalos en el monte, en presencia de toda la asamblea; despoja a Aarón de sus vestiduras y vístelas a Eleazar, su hijo; y que Aarón muera allí y se una a su pueblo». Números 20:25 Dios ordena que se nombre un sacerdote en presencia de toda la asamblea; es decir, instruye y muestra que la ordenación de sacerdotes no debe solemnizarse sin el conocimiento del pueblo presente, para que en presencia del pueblo se revelen los crímenes de los malvados o se declaren los méritos de los buenos, y la ordenación, que habrá sido examinada por el sufragio y el juicio de todos, sea justa y legítima" (Cipriano, Carta 67 sección 4,)
De manera entonces que los papistas, nos piden que por favor atendamos al carisma de sucesión
por imposición de manos, mientras en la mano izquierda esconden la pistola humeante con la que
se cargaron el testimonio apostólico y patrístico.Para cerrar este punto, hemos de decir que, si en Roma hay sucesión alguna, esta sucesión fue la
que satanás les dio, y no el santísimo Señor...
Esta es una sección del artículo XIX "La mentira de la suceción papal" del libro "Mentiras del Papismo" del Hno., Edgar Pacheco, el cual puede ser adquirido aqui: Mentiras Del Papismo