Si aquí siguiésemos el mismo curso de argumento que algunos escritores de la Iglesia de Roma emplean contra las Sagradas Escrituras, sería muy fácil poner en duda, y hacer muy sospechosos, todos los escritos de los Padres. Porque, cuando se cita el Antiguo o el Nuevo Testamento, estos señores demandan instantáneamente cómo, o por qué medios, sabemos que tales libros fueron realmente escritos por aquellos profetas y apóstoles cuyos nombres llevan. Si, del mismo modo, cuando estos hombres alegan a Justino, Ireneo, Ambrosio, Agustín y otros, nosotros les preguntásemos de inmediato cómo y por qué medios estamos asegurados de que estos Padres fueron los autores de los escritos que hoy llevan sus nombres, no cabe duda de que tendrían un trabajo más difícil que sus adversarios al justificar los escritos del volumen sagrado, cuya autenticidad es mucho más fácil de demostrar que la de cualquier otro escrito humano.

Pero dejaré a un lado este modo demasiado artificioso de proceder, y diré solamente que no es nada fácil averiguar, por los escritos de los Padres, cuál ha sido realmente su opinión en cualquiera de las controversias que ahora se debaten entre los protestantes y la Iglesia de Roma. Las consideraciones que hacen tan difícil este conocimiento son muchas; en esta primera parte trataré algunas de ellas solamente, remitiendo las demás a la segunda parte, examinándolas una por una.

La primera razón que propongo para probar esta dificultad es la escasez de escritos que tenemos de los Padres antiguos, especialmente de los siglos primero, segundo y tercero, que son los que más debemos atender. Pues, siendo una de las principales razones que mueven a la Iglesia de Roma a aducir los escritos de los Padres la de mostrar la verdad de sus dogmas por su antigüedad —la cual consideran indicio de verdad—, es evidente que los más antiguos son los que más deben ser tenidos en cuenta. Y ciertamente no hay duda de que la religión cristiana fue más pura y sin mezcla en su principio e infancia que después en su crecimiento y progreso; siendo curso ordinario de las cosas el contraer corrupciones, más o menos, a medida que se alejan de su primera institución. Así lo vemos por experiencia en los estados, en las leyes, en las artes y en las lenguas: la propiedad natural de todas ellas va declinando continuamente, una vez que han pasado el punto de su vigor, la flor y la cima de su fuerza y perfección.

La dificultad radica en la escasez y fragmentariedad de los escritos patrísticos más antiguos. Siglo I: De los Padres apostólicos tenemos unas pocas cartas: Clemente Romano (1 Clemente), Ignacio de Antioquía (7 cartas), Policarpo de Esmirna (Carta a los filipenses), la Didaché y el Pastor de Hermas. No se conserva nada íntegro de Papías de Hierápolis (solo fragmentos citados por Ireneo y Eusebio), ni de Hegesipo (unos pocos extractos). Siglo II: De Justino Mártir tenemos dos Apologías y el Diálogo con Trifón, pero la mayor parte de su producción se perdió. De Ireneo solo sobrevive su Adversus haereses y el Demostración de la predicación apostólica. De otros —como Taciano, Teófilo de Antioquía, Melitón de Sardes, Apolinar de Hierápolis— quedan apenas fragmentos.

Los Actos de los mártires son escasos y muchas veces legendarios. Siglo III: De Tertuliano poseemos una obra amplia, pero incompleta; de Hipólito se conservan fragmentos y obras atribuidas; de Orígenes, aunque se preserva bastante, gran parte está mutilada o transmitida en traducciones latinas. Cipriano es de los pocos cuyo corpus es relativamente completo. Por tanto, lo que ha llegado hasta nosotros es una muestra reducida y fragmentaria, muy lejos de un testimonio pleno y unánime de la Iglesia primitiva. No creo que ningún cristiano fiel niegue que el cristianismo estuvo en su cenit y perfección en el tiempo de los bienaventurados apóstoles; y de hecho sería la mayor injuria que se les podría hacer decir que alguno de sus sucesores ha tenido mayor deseo o más habilidad para avanzar el cristianismo que ellos. De aquí se sigue que los tiempos más cercanos a los apóstoles fueron necesariamente los más puros y menos sospechosos de corrupción, ya fuera en doctrina o en disciplina cristiana; pues es razonable creer que, si alguna corrupción entró en la Iglesia, vino poco a poco y por grados, como sucede en todas las cosas.

Algunos podrán objetar aquí que incluso la edad inmediatamente posterior al tiempo de los apóstoles no estuvo exenta de errores, si hemos de creer a Hegesipo, quien —como lo cita Eusebio— atestigua que la Iglesia permaneció como virgen hasta el tiempo del emperador Trajano, pero que, después de la muerte de los apóstoles, la conspiración del error comenzó a mostrarse abiertamente con rostro descubierto: «La Iglesia se mantuvo hasta entonces como virgen pura e incorrupta… pero cuando el sagrado coro de los apóstoles se extinguió, y la generación de aquellos que habían tenido el privilegio de escuchar su sabiduría inspirada pasó, entonces también surgieron las combinaciones de impío error, por el fraude y engaño de falsos maestros. Y como ya no quedaban apóstoles, desde entonces intentaron, sin vergüenza, predicar su falsa doctrina contra el evangelio de la verdad» (Eusebio, Historia Eclesiástica, lib. 3, cap. 32). No me opondré a este testimonio, pero diré solamente que, si el enemigo, apenas al ponerse estas estrellas de la Iglesia, y casi sin haberse apagado todavía su luz, tuvo ya la osadía de sembrar su mala semilla, ¡cuánto más oportunidad tendría de hacerlo en aquellas edades más alejadas de su tiempo, cuando, desaparecida poco a poco de la memoria de los hombres la santidad y simplicidad de estos grandes maestros del mundo, comenzaron a introducirse invenciones humanas y fantasías nuevas!

De modo que podemos concluir que, aun suponiendo que las primeras edades del cristianismo no hayan estado del todo exentas de alteración en la doctrina, sin embargo, están mucho más libres de ella que las edades posteriores pueden pretender estarlo, y por tanto han de ser preferidas a estas en todo respecto. Es aquí algo semejante a lo que imaginaron los poetas acerca de las cuatro edades del mundo, donde la edad que seguía siempre quedaba inferior a la anterior. En cuanto a la opinión de aquellos hombres que piensan que el mejor camino para descubrir el verdadero sentido de la Iglesia antigua es buscar principalmente en los escritos de los Padres que vivieron entre el tiempo de Constantino el Grande y el de León o Gregorio papa (es decir, desde finales del siglo III hasta comienzos del VII), considero esto únicamente como una admisión tácita del escaso número de libros que nos quedan de los tiempos anteriores a Constantino, y no como si estos hombres admitieran que la autoridad de aquellas tres edades posteriores deba preferirse a la de las tres primeras. Pues si tuviésemos tanta luz y testimonios tan claros de la fe de los unos como tenemos de los otros, no dudo que preferirían a los primeros.

Pero si quieren decir otra cosa, y son realmente de la opinión de que la Iglesia fue más pura después del tiempo de Constantino que antes, habrán de excusarme si pienso que con ello confiesan la desconfianza que tienen de su propia causa, viendo que procuran huir cuanto pueden de la luz de los tiempos primitivos, refugiándose en aquellas edades en que es más evidente que había menos perfección y claridad que antes; yendo así en sentido totalmente contrario a aquella regla excelente que nos dio Cipriano: “Debemos recurrir a la fuente, siempre que el canal y el arroyo de la doctrina y tradición eclesiástica se hallen corrompidos en lo más mínimo” (Epistula 74 [ad Pompeium], p. 195 en ediciones clásicas) Sea cual fuere, el sentido de sus palabras, a mi juicio, no deja de favorecer en gran manera a la causa protestante; pues es una confesión muy clara de que aquellas opiniones sobre las cuales ellos disputan con nosotros no aparecen de manera clara en ninguno de los libros escritos durante los tres primeros siglos. Porque, si se encontrasen claramente en ellos, ¿qué política sería la suya apelar a los escritores de los tres siglos siguientes, a los cuales saben muy bien que sus adversarios atribuyen menos peso que a los anteriores? Mas, además de esta confesión tácita suya, la cosa es evidente: que en el día de hoy nos queda muy poco de los escritos de los Padres de los tres primeros siglos del cristianismo para decidir nuestras diferencias. Los bienaventurados cristianos de aquellos tiempos se contentaban, en gran parte, con escribir la fe en los corazones de los hombres, mediante los rayos de su santidad y vida santa, y con la sangre derramada en el martirio, sin preocuparse mucho de escribir libros.

Ya fuese porque, como elegantemente razona Orígenes en el prólogo contra Celso, estaban persuadidos de que la religión cristiana debía ser defendida más bien por la inocencia de vida y honestidad de conducta que por sofismas y artificios de palabras; o ya fuese porque sus continuos padecimientos no les dejaban ocio para tomar la pluma y escribir; o quizá por alguna otra causa que desconocemos. Pero de esto estamos muy bien seguros: que, excepto los escritos de los apóstoles, se escribió muy poco por otros en aquellos tiempos primitivos. Y esto fue lo que tanto problema causó a Eusebio al comienzo de su historia, quien tenía poca o ninguna luz para guiarse en su empresa, andando —como él mismo dice— “por un nuevo sendero, no hollado por nadie que hubiese ido antes que él” (Eusebio, Historia Eclesiástica, I, 1, cap. 1). Además, la mayor parte de los pocos libros que los cristianos de aquellos tiempos escribieron no han llegado hasta nosotros, sino que se perdieron ya sea por la injuria del tiempo, que consume todas las cosas, o por la malicia de los hombres, que se han atrevido a suprimir todo lo que no se conformaba con su gusto.

De esta clase fueron aquellos cinco libros de Papías, obispo de Hierápolis; la apología de Cuadrato, ateniense, y la de Arístides; los escritos de Cástor Agripa contra los veinticuatro libros del hereje Basilides; los cinco libros de Hegesipo; las obras de Melitón, obispo de Sardes; Dionisio, obispo de Corinto; Apolinar, obispo de Hierápolis; la epístola de Pínito de Creta; los escritos de Filipo, Musano, Modesto, Bardesanes, Panteno, Ródon, Milcíades, Apolonio, Serapión, Bacquilo, Polícrates, obispo de Éfeso; Heraclio, Máximo, Hammonio, Trifón, Hipólito, Julio Africano, Dionisio Alejandrino y otros, de los cuales no nos queda sino el nombre y el título de sus libros, preservados en las obras de Eusebio, Jerónimo y otros2 . 2 La pérdida de gran parte de la literatura cristiana primitiva es reconocida por los mismos historiadores de la Iglesia. Autores como Papías de Hierápolis (sus Exposiciones de las palabras del Señor, en cinco libros), Todo lo que nos queda de aquellos tiempos, que con certeza se sabe que es suyo y de lo cual nadie duda, son algunos discursos de Justino, filósofo y mártir, quien escribió su segunda apología unos ciento cincuenta años después del nacimiento de nuestro Salvador Cristo; los cinco libros de Ireneo, escritos poco después; tres piezas excelentes y eruditas de Clemente de Alejandría, que vivió hacia fines del segundo siglo; diversos libros de Tertuliano, famoso por aquel tiempo; las epístolas y otros tratados de Cipriano, obispo de Cartago, quien sufrió martirio alrededor del año 261; los escritos de Arnobio y de Lactancio, su discípulo; y algunos pocos más.

En cuanto a Orígenes, contemporáneo de Cipriano —quien solo él, si tuviésemos todas sus obras íntegras, podría quizá darnos más luz y satisfacción en este asunto que todos los demás juntos—, nos quedan muy pocos de sus escritos, y la mayor parte de ellos en estado miserablemente adulterado y corrompido; de manera que ni siquiera los numerosísimos y eruditos escritos de este gran e incomparable personaje han podido resistir ni los estragos del tiempo ni la envidia y malicia de los hombres, que han tratado peor de él que todos los siglos y edades que han transcurrido desde su tiempo hasta el nuestro. Así, pues, os he dado razón de casi todo lo que nos queda, que con certeza se sabe que fue escrito por los Padres de los tres primeros siglos. Porque, en cuanto a aquellas otras piezas que se pretende fueron escritas en los mismos tiempos, pero que en realidad los mismos romanistas confiesan ser supuestas, o que son rechazadas por sus adversarios —y ello con fundamentos muy buenos y probables—, estas no pueden tener aquí lugar ni cuenta alguna para esclarecer la controversia que ahora tenemos en mano3 . Los escritos de los siglos cuarto y quinto, confieso, han superado a los anteriores tanto en número como en buena fortuna, habiéndonos llegado en su mayor parte de manera segura; pero quedan muy por debajo de aquellos en peso y autoridad, especialmente en el juicio de los protestantes, quienes sostienen —y ello con razones muy probables— que la religión cristiana desde el principio ha tenido un declinar poco a poco, perdiendo en cada edad algún grado de su pureza primitiva y nativa. Y, además, quizá tengamos buen motivo para temer que el número de escritores de estas dos edades nos moleste tanto como la escasez de los de las tres precedentes: y que, así como antes Cuadrato y Arístides (apologías), Hegesipo (cinco libros de Memorias), Melitón de Sardes, Dionisio de Corinto, Apolinar de Hierápolis, Pínito de Creta, y otros (Filipo, Musano, Modesto, Bardesanes, Panteno, Ródon, Milcíades, Apolonio, Serapión, Bacquilo, Polícrates, Heraclio, Máximo, Hammonio, Trifón, Hipólito, Julio Africano, Dionisio Alejandrino) son conocidos solo por fragmentos o por las referencias de Eusebio (Historia ecclesiastica) y Jerónimo (De viris illustribus). De la mayor parte de sus obras no queda más que el título o una breve mención.


Esto muestra la precariedad de la tradición patrística y confirma que el recurso último debe ser siempre la Escritura. La investigación moderna ha recuperado algunos textos atribuidos a autores primitivos mediante hallazgos papirológicos (por ejemplo, fragmentos de la Apología de Arístides hallados en siríaco, publicados en el siglo XIX; restos de la Apología de Cuadrato en Eusebio; fragmentos de Melitón en citas patrísticas y papiros de Oxirrinco). En cuanto a Orígenes, la situación permanece fragmentaria: gran parte de su obra se conserva en traducciones latinas (a menudo adulteradas por Rufino) y en colecciones parciales; solo unos pocos textos griegos han sido recuperados en manuscritos posteriores o papiros, como fragmentos de la Hexapla en la Genizá de El Cairo o citas en catenae. En conclusión, aunque la erudición moderna ha rescatado piezas antes desconocidas, el grueso de la producción patrística de los tres primeros siglos sigue irremediablemente perdido. sufrimos por la carencia, ahora podamos vernos abrumados por la multitud. Porque el número de palabras y de libros sirve algunas veces tanto para suprimir el sentido y la opinión de cualquier cuerpo público como el mismo silencio; quedando entonces nuestras mentes extremadamente confundidas y perplejas, mientras se esfuerzan por comprender cuál es la verdadera y común opinión del conjunto, en medio de tantos relatos diversos y parcializados, en los cuales cada uno se empeña en expresar lo mismo. Es lo más cierto que, entre una tan grande y casi infinita variedad de espíritus y lenguas, difícilmente hallaréis dos personas que os entreguen una misma opinión —especialmente en materias de tan alta importancia como las controversias de religión— bajo la misma forma y manera de exposición, por muy unánime que de otro modo sea su consentimiento en la misma opinión. Y esta variedad, aunque sea solo en las circunstancias de la cosa, hace, no obstante, que también el mismo fundamento aparezca diverso.

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