Cuando di mis primeros pasos en la apologética, pronto descubrí lo que pocos se atreven a reconocer: el pueblo evangélico de habla hispana ha sido dejado huérfano. Carecemos de armas doctrinales en nuestra lengua, despojados de los tesoros de la Reforma que permanecen enterrados en inglés o en latín. Mientras se reparten devocionales endebles y tratados superficiales, las joyas que forjaron a los gigantes de la fe han sido negadas a nuestra gente. No por falta de valor en esas obras, sino por la negligencia de editoriales que persiguen ganancias rápidas y por la falsa idea de que nuestro pueblo “no tiene interés” en tales monumentos.
Y comprendí que, si nadie levantaba la pluma y la imprenta para romper este silencio, jamás llegarían a nuestras manos. Fue así como nació la convicción de levantar una editorial cuyo único fin fuese rescatar, traducir y poner en castellano los textos que Roma temió, los que sacudieron imperios y derribaron tronos. La primera de estas obras no podía ser otra que el Martillo de los Papistas, de William Whitaker (1548–1595).
Pocos nombres han sido tan olvidados injustamente en el mundo hispano, y, sin embargo, en el siglo XVI, su voz resonó como trueno. Sus contemporáneos lo llamaron así, “el martillo de los papistas”, porque en sus disputas pulverizaba los argumentos romanos con una lógica feroz y con un dominio absoluto de la Escritura. Fue tenido por el adversario más temido de Roberto Belarmino, el cardenal jesuita que Roma había presentado como su general invencible. Tanto fue el respeto que infundía, que circula la tradición de que Belarmino mantenía un retrato suyo en su escritorio: el enemigo que no podía ser doblegado.
Whitaker no fue un improvisado ni un polemista sin formación. Educado en St. John’s College, Cambridge, alcanzó en 1580 el título de Profesor Regio de Teología, el más alto honor académico que Inglaterra podía ofrecer a un teólogo. Desde esa cátedra no se limitó a teorizar: se convirtió en centinela de la Reforma inglesa en una hora crítica. Inglaterra era acosada por la infiltración de jesuitas, por los ataques teológicos de los exiliados en Douai y Reims, y por la amenaza bélica de Felipe II. No es menor el hecho de que su obra magna, De Sacra Scriptura contra huius temporis papistas (1588), fue publicada el mismo año en que la Armada Invencible se hundió en las costas inglesas. Dios peleaba la guerra en los mares y también en las universidades, y Whitaker fue uno de los capitanes de ese combate.
En esta obra monumental, de la que hoy te hago participe, Whitaker defiende seis pilares de la fe reformada: el canon de las Escrituras, las traducciones en lengua vulgar, la autoridad suprema de la Palabra, su claridad intrínseca, la legítima interpretación y su perfección suficiente. No existe en todo el siglo XVI otro tratado tan vasto y erudito dedicado por entero a la Sola Scriptura. No se trata de un simple alegato; es una fortaleza construida piedra sobre piedra, sustentada en la Biblia, los Padres de la Iglesia y hasta en las confesiones torcidas de los propios adversarios, a quienes Whitaker sabía citar mejor que ellos mismos. Roma confiaba en que, tras la muerte de Lutero, Calvino, Knox, Zwinglio o Bucero, no surgirían hombres con la fuerza necesaria para sostener la Reforma. Se equivocaron. Dios levantó guerreros aún más incisivos, y entre ellos Whitaker se erigió como titán. No se limitó a refutar a Belarmino, sino que también desmanteló las obras de Thomas Stapleton y William Allen, cuyas plumas alimentaban la maquinaria de la Contrarreforma. Ninguno pudo resistir la precisión con que Whitaker desnudaba los errores papistas y exhibía la desnudez de Roma frente a la luz de la Escritura. Whitaker murió joven, apenas a los 47 años, víctima de una enfermedad repentina. Sus colegas lamentaron que, de haber vivido más tiempo, habría dejado tras de sí un cuerpo de obra aún más arrollador. Pero la providencia de Dios dispuso que su único fruto maduro fuera este libro, y bastó. Bastó para consolidar su nombre en la historia de la Reforma y para aterrorizar a los defensores del papado durante generaciones.
La traducción que hoy entrego está acompañada de más de 400 notas y referencias que buscan tender un puente entre el siglo XVI y nuestro tiempo. No es una mera traslación de palabras: es un rescate. Esta obra conecta la Inglaterra de Whitaker con el mundo hispano de hoy, y la pone al alcance de un pueblo que durante siglos fue marginado, tratado como último y dejado sin herramientas. Y así cierro este prólogo in crescendo, como corresponde a quien presenta un monumento.
Porque Whitaker no fue un académico más: fue una trompeta de guerra. Su pluma fue espada, su cátedra fue trinchera, su obra fue martillo. Y el eco de sus golpes resuena todavía, llamando a los evangélicos hispanos a despertar, a tomar la Escritura como única norma, a no temer al monstruo del papado ni a sus sofismas. Que estas páginas nos sacudan como látigo, nos enciendan como hoguera y nos eleven como trompeta. Que nuestros jóvenes, al leer a Whitaker, recuerden que son herederos de una Reforma que no ha muerto. Y que, al alzar su vista, comprendan que, si hubo un Whitaker en Cambridge, puede haber en nuestros días hombres y mujeres que no doblen la rodilla ante Roma. Esta obra es, en sí misma, una oda a la Reforma: al poder de la Palabra sobre la tradición, a la valentía de los reformadores sobre la cobardía de los cortesanos, a la luz de Cristo sobre las tinieblas del papado. Y es también una oda a Whitaker, cuyo martillo, aunque empuñado hace más de cuatro siglos, sigue golpeando con fuerza hasta quebrar los ídolos, hasta pulverizar las cadenas, hasta que la Escritura, sola, brille como lámpara que jamás se apaga.